Cómo explicamos… la virtud de la responsabilidad

Paloma de Cendra Soy esposa y madre de 4 hijos. Psicóloga y Terapeuta Individual, de Pareja y de Familia. Trabajo en la consulta con el Dr. Poveda, colaboro en un COF, soy Perito del Tribunal de la Rota, profesora en la UNIR y escribo artículos en Hacer Familia. También tengo un blog ¡Qué bello es vivir!, cuyo objetivo es recordarnos lo que somos alrededor de una idea sencilla y grande a la vez: ver lo que serían otros si nosotros no fuéramos. Es un canto de amor a la vida y a la esperanza. Mi vocación es la persona y sus relaciones, el matrimonio y la familia. Me apasiona mi trabajo, soy feliz con mi familia y con las familias que se ponen en mis manos. Vivo dando gracias

 

Con frecuencia escuchamos hablar de “libertad” presentada como el bien moral definitivo: si se ha hecho con libertad, es bueno. Sin embargo, no siempre viene acompañada de la palabra “responsabilidad”.

“Responsabilidad” viene del latín, de verbo “respondere”, que significa responder o dar correspondencia a lo prometido. Nos habla de dos capacidades, la de asumir una determinada tarea y llevarla a cabo y la de asumir las consecuencias de los propios actos.

El Evangelio, por ejemplo, nos habla de esta responsabilidad en la parábola de los talentos. Debemos enseñar a nuestros hijos que todo talento recibido pide una respuesta. No es suficiente con guardar los talentos recibidos de Dios, sino que es necesario ponerlos a producir sirviendo a los demás.

Somos responsables porque somos libres. Dicho de otro modo, no existe responsabilidad sin libertad. Es importante tener una conciencia recta y bien formada, que nos permita distinguir entre el buen y el mal uso de la libertad. Si no se reconoce lo malo como tal, entonces no se puede asumir ningún error, no se puede responder de ellos ni se pueden corregir. Educar la responsabilidad supone educar en el correcto uso de la libertad. 

Esto no se enseña solo de palabra. Como toda virtud, la responsabilidad es necesario practicarla en diferentes ámbitos y aspectos para llegar a adquirirla. Se empieza con prácticas que invitan a los hijos a asumir su rol en la familia, como por ejemplo las tareas domésticas o los encargos que dependen de ellos. Parte del éxito de esas tareas es que las asuman como propias.

Es posible que en algún momento descubramos a nuestros hijos “echando balones fuera” es decir, echando la culpa a los otros de las consecuencias (generalmente negativas) de sus acciones u omisiones: No estudié el examen porque falté a clase y mis compañeros no me pasaron los apuntes, suspendí porque el profesor me tiene manía, etc. Frente a esas excusas, frecuentes y comprensibles, es necesario enseñar a los hijos a ser responsables es decir, a asumir sus obligaciones y las consecuencias que se derivan de su cumplimiento o la falta del mismo. Los hijos han de comprender que son responsables de las consecuencias de sus actos, tanto de los intencionados como de los no intencionados. Esto último también es muy educativo. En ocasiones les resulta fácil pedir perdón o excusarse, porque saben explicar que no era su intención hacer tal o cual cosa. Pero ahí entra en juego ese sentido de la responsabilidad: si unas determinadas consecuencias se han derivado de mis actos u omisiones, he de ser capaz de responder de ellas. Hay que explicar a los hijos que, aunque hayan hecho algo “sin querer”, siguen siendo responsables.

La familia es la primera y principal escuela para educar en la responsabilidad. En ella los hijos reciben y comprenden los dones de Dios y aprenden, entre otras, las virtudes de la obediencia, generosidad, sinceridad, paciencia, alegría, que les capacitan para hacer un buen uso de la libertad.

¿Cómo enseñar a los hijos, de forma concreta, a ser responsables?

Una buena fórmula es la de asignar tareas específicas a cada uno de ellos, estableciendo objetivos temporales y de calidad. Los encargos ayudan a los hijos a sentirse necesarios en la familia, a comprender lo que se espera de ellos en cada momento, a aprender a amar en lo concreto. Podemos pedirles que hagan su cama antes de ir al colegio, que recojan y ordenen su cuarto antes de irse a la cama, que se duchen y vistan solos, que pongan y recojan la mesa, etc. Además podemos explicarles cómo se hace todo eso bien, para que tengan ejemplos concretos de cosas bien hechas. Estos pequeños encargos, y su adecuada realización, contribuyen a crear una virtud que será de enorme utilidad durante toda su vida, en cosas pequeñas y grandes.

También es bueno que aprendan a ser responsables de sus cosas, a tratarlas con cuidado. Que el uniforme dure todo el año, que sepan administrar un juego de lápices o cuidar sus juguetes, es una manera de empezar. Para ello es bueno que vean las consecuencias en el caso de no haber ejercido bien su responsabilidad: que lleven unos días los zapatos con un pequeño agujero o que no tengan todos los colores de los lápices durante una temporada, es un comienzo en el aprendizaje de la responsabilidad.

Tras estas pequeñas prácticas, este aprendizaje podrá extrapolarse al cuidado de la casa común, de la naturaleza y de toda la creación.

Desde pequeños podemos ver cómo nuestros hijos obedecen, pero no debemos quedarnos en eso. Obedecer consiste en hacer lo que les decimos y en este caso la motivación suele ser externa. Responsabilidad implica poner en juego muchas más dimensiones de la persona, incluyendo la capacidad de reflexión, de decisión, y de asunción de responsabilidades, de manera que se internalice la motivación de cumplir con el deber o con la palabra dada.

Los hijos que desarrollan otras virtudes relacionadas con la responsabilidad como: la justicia, la prudencia, la fortaleza y la humildad, construyen su vida sobre un fundamento sólido y aunque ocasionalmente puedan perder el camino, sabrán encontrarlo de nuevo, pues siempre sabrán dónde está la verdadera felicidad.

Tenemos que recordar con frecuencia a nuestros hijos, que están llamados a cosas grandes, a ser felices, y a darse a los demás, en libertad y en responsabilidad.

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