Cómo explicamos… que hay mayor alegría en dar que en recibir

Paloma de Cendra Soy esposa y madre de 4 hijos. Psicóloga y Terapeuta Individual, de Pareja y de Familia. Trabajo en la consulta con el Dr. Poveda, colaboro en un COF, soy Perito del Tribunal de la Rota, profesora en la UNIR y escribo artículos en Hacer Familia. También tengo un blog ¡Qué bello es vivir!, cuyo objetivo es recordarnos lo que somos alrededor de una idea sencilla y grande a la vez: ver lo que serían otros si nosotros no fuéramos. Es un canto de amor a la vida y a la esperanza. Mi vocación es la persona y sus relaciones, el matrimonio y la familia. Me apasiona mi trabajo, soy feliz con mi familia y con las familias que se ponen en mis manos. Vivo dando gracias

 

“Ser generoso en el servicio a los demás da sentido a la propia vida”

Reconozcámoslo, este principio evangélico es difícil de comprender y aún más difícil de vivir incluso para los adultos. De manera natural nos parece que “compartir es quedarse con menos” y que darse de forma continua puede llegar a resultar agotador.

La infancia es la etapa del desarrollo evolutivo donde se observan más conductas egoístas. Los niños pequeños tienden a querer satisfacer sus deseos de un modo inmediato, sin tener en cuenta a los demás. Los padres tenemos que evitar que este aspecto evolutivo se convierta en un hábito.

Es interesante pensar que la dependencia es el estado originario de todo ser humano. Nacemos necesitados (somos el animal que más tarda en volverse “autónomo”) y por eso está en nuestra naturaleza pedir. El paso que conduce a la persona a dar -se requiere un proceso de madurez que cada día se está volviendo más difícil. A nosotros, padres, nos corresponde la difícil tarea de educar a nuestros hijos en la “justa generosidad”. No justa en cuanto limitada o precaria sino en cuanto respuesta justa al don de la vida de los padres, al don de Dios. Para llegar a ello no tenemos que hacerles olvidar, rechazar o superar la dependencia, sino integrarla y desde ella ser capaces de darse. Tan importante es aprender a pedir y recibir como aprender a dar.

Esta enseñanza y este aprendizaje se dan, en un primer momento, en la familia. El día a día está plagado de ocasiones para dar un testimonio de generosidad y servicio como padres, pero también para dar la oportunidad a los hijos de que ellos se ejerciten en tales virtudes.

Tenemos que partir de la base de que el hombre está hecho para amar y ser amado. El amor consiste en la donación de uno mismo, en la búsqueda continua del bien del otro. Si esa es nuestra vocación, es lógico pensar que nuestra principal tarea es la de aprender a amar. Para ello es necesario a su vez, aprender y entrenar la generosidad, que es expresión del amor, del modo en que nos damos a los demás. Puesto que existe esta relación entre el amor y la donación de nosotros mismos, debemos convencernos de que cuanto mayor sea nuestro amor, mayor será lo que estemos dispuestos a dar.

Podríamos definir la generosidad como la virtud que nos conduce a compartir nuestros bienes-incluyendo el mayor bien posible, nuestro propio ser-con los demás, buscando con ello promover su propio bien. La persona generosa experimenta un gozo profundo en realizar el acto propio de su virtud, que consiste en dar-se, en entregar-se a los demás. No lo experimenta como algo costoso o difícil. Le sale ser generosa y disfruta siéndolo.

Dar-se no es sencillo. La generosidad no aparece y crece de manera espontánea, sino que necesita de otras virtudes que los padres debemos inculcar en nuestros hijos: abnegación, bondad, caridad, desprendimiento, entrega, agradecimiento, misericordia, sacrificio, solidaridad. Si no se dispone de estas virtudes es difícil ser generoso.

La generosidad tiene una versión superior, la magnanimidad. Esta es la disposición a dar más de lo que se espera, de entregarse hasta el final. Nos volvemos magnánimos a través de pequeños actos de generosidad diarios, cuando aprendemos a pensar y desear en grande a partir de las cosas pequeñas. La magnanimidad implica el deseo de ser generosos, grandes y audaces.

¿Cómo podemos educar la generosidad en nuestros hijos?

  • Explicándoles la importancia de dar sin esperar nada a cambio. No siempre es fácil, porque a veces esperamos que nuestras acciones sean reconocidas.

 

  • Explicándoles que la felicidad no está en poseer bienes materiales. Nuestro tiempo y talentos son más importantes y es preciso ponerlos al servicio de los demás. Los hijos pueden aprender a dar, incluso antes de que se les pida. Para dar, en contra de lo que muchas veces se pueda pensar, no hace falta tener muchas cosas; lo verdaderamente importante es compartir lo que uno tiene. Hay que insistir con los hijos en que el egoísmo es una fuente segura de tristeza y, en último término, de soledad.

 

  • Dar también tiene que doler. Tenemos que explicar a nuestros hijos que no basta con dar solo de lo que nos sobra, y tenemos que darles ejemplo de ello. Dar implica siempre un cierto tipo de sacrificio en el que se entrega algo; a cambio, el corazón se llena de alegría en una proporción parecida. Incluso debemos plantear a nuestros hijos la conclusión lógica de este razonamiento: no hay mayor amor que el de aquél que da la vida por sus amigos.

 

  • Para dar de forma correcta en las situaciones concretas, tenemos que pensar qué vamos a dar, a quién, cuándo, cómo, y por qué.

La pregunta que nuestros hijos pueden llegar a hacerse es: ¿por qué tengo que dar?

En este punto ayuda recordar que Dios nos pensó, nos dio la vida y nos amó primero y gratis. Es amando como se recibe. Poniendo el corazón en cada acción que nos lleve a compartir con los demás. “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. La respuesta es la gratitud. Estamos llamados a dar porque antes hemos recibido un don muy grande.

No olvidemos nunca que la vida es servicio, y que el servicio es alegría. Que Dios es el que nos agradece y recompensa nuestro servicio y nuestra generosidad con “el ciento por uno”. Y que, al final de la vida, nos examinarán del amor.

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