¿Comodidad o esfuerzo?

Cristina Pineda Trill

Cristina Pineda Trill

Me crié en un hogar bilingüe; a caballo entre EEUU y España aunque con influencias culturales, culinarias, literarias y musicales de otros países. Soy licenciada en Comunicación y tengo un máster en Dirección de Comunicación Corporativa. Trabajé 20 años en empresas relacionadas con la comunicación y la identidad corporativa. 2009 me condujo hacia la enseñanza. Me preparé para ser maestra de lengua extranjera y desde entonces doy clases de inglés en educación infantil en el Colegio de Fomento Montealto
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Recientemente leí un artículo publicado por Global Education 2025, sobre Las clases del futuro. El artículo profundiza en el entorno físico y el entorno pedagógico. A mí me ha dado que pensar el apartado del espacio físico.

Cita el artículo que según un estudio del Herman Miller Company (2011) sobre espacios adaptables y su impacto en el aprendizaje, éste se ve influenciado por: las necesidades humanas básicas, la enseñanza , el aprendizaje y el compromiso.

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Es evidente que la pedagogía evoluciona y que las aulas lentamente van dejando de ser espacios lineales e inamovibles en que el profesor imparte su clase a alumnos que parecen situados con tiralíneas.  Las aulas van cobrando vida con mobiliario más ligero y fácil de mover de un lugar a otro, a la par que incrementa (o debería) su comodidad y ergonomía.  Muchas escuelas e institutos han pasado ya de la tiza que chirría en la pizarra, al rotulador o incluso a las pantallas táctiles.

Se afirma que cuando los estudiantes se sienten cómodos y en un entorno que cumple sus necesidades básicas, están más receptivos a aprender. ¡Qué duda cabe! Cualquiera, en el desempeño de una tarea personal o de su labor profesional, se sentirá más predispuesto a hacerlo bien si se encuentra cómodo.

La cuestión es hasta qué punto hay que estar cómodos. Quiero decir, no menospreciemos el valor de hacer cosas que cuestan esfuerzo. Quien desde pequeño aprende a vivir con señorío y reciedumbre se curte y fortalece.  La vida no es un camino de rosas.

Cuando veo a mis alumnos de infantil tumbados en el suelo en lugar de estar bien sentados, o retorcidos en la silla mientras comen con los codos en la mesa;  lo fácil, lo que se lleva ahora, sería dejarles tranquilos. “Así están calladitos. No me interrumpen la clase o se comen el puré”. Pero esa no es la solución. Los padres y educadores debemos ayudarles a discernir entre la comodidad y lo inconveniente en un preciso instante o situación.  Debemos ayudarles a valorar el esfuerzo y a superarse a sí mismos en detalles aparentemente nimios.

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